jueves, 14 de junio de 2007

Personalidades: Emiliano Aguirre

Todos los afanes de cualquier persona y sus desenlaces, felices o trágicos, tienen un valor y una proyección más allá de su vida, en la naturaleza misma y en la historia -si ya no fuera de los espacios y de los tiempos-. Pero hay trayectorias y pasiones personales que reciben de la fama el don potenciador de la ejemplaridad, para bien o para mal, o también para el hastío de lo ejemplarmente mediocre. Ese don, que convierte a las personas en paradigmas y a sus obras en culturas, es hoy mejor o peor administrado por los medios de comunicación de masas: el protagonismo, pues, en las pantallas televisivas o en los titulares de imprenta puede venderse o comprarse. Pero no faltan quienes acceden a esas cumbres de ejemplaridad sobre las mentes y las conductas por la propia magnitud y la energía de su querer y de su verbo.

A estas alturas, poco podemos decir, los que tuvimos la gran fortuna de conversar con Félix Rodríguez de la Fuente, que los lectores no conozcan sobre la fuerza y la temepratura emocional que le empujaron, irresistiblemente y desde el fonde de su ser, a las eminentes cotas de popularidad, como no sea pensado en los años noventa, en la adolescencia de los nacidos a partir de hogaño, que ya nunca podrán verlo ni escucharle en directo.


A la generación que lo conoció y a las que vendrán después, querría yo contar lo que amó Félix con toda su vida, lo que buscó sin darse descanso para volcar, en nuestros ojos y en nuestros oídos, los tesoros más hermosos y recónditos de la Tierra y de la Vida, sobre todo de la vida -tan cercana y familiar a nosotros- de los animales vertebrados. Cómo así con su equipo de biólogos y operadores cinematográficos, madrugando, esperando, empapándose, trepando y sudando, logró una serie fantástica de imágenes que, con el calor de su gesto y de su voz, lograron lo que ningún legislador o gobernante con leyes y castigos: cambiar las actitudes de millones de niñosy de adultos para con los animales, los árboles y el paisaje, e inculcarnos un amor a la Vida, que nadie antes que él nos había sabido presentar tan excitante y adorable, y tan galana.


Félix buscó día y noche, en las espesuras, en el río y los pantanos, en la nieve y en el desierto, centrar la vida en acción, no en el visor de los rifles, sino en el de las cámaras, y pudo brindar al mundo y a la posteridad escenas y actos de la vida de los lobos y abejarucos, de turones y del buitre negro, ante las cuales nunca se había levantado el telón. Dentro de unos años se podrá apreciar cuánto deben a Félix las ciencias de la vida, sobre todo la etología, y cuánto la conservación de especies hoy acosadas en arruinados ecosistemas paleárticos.

Les contaría sobre todo cuánto amó Félix -no podía ser de otro modo- no sólo a la Vida, sino al ser humano, y cómo le acuciaba el ansia de llegar a descifrar la conducta contradictoria de los hombres civilizados, uno de los misterios más desesperantes de la vidaen este planeta, no tan claro como los animales que no se cansaba de contemplar y perpetuar en el celuloide... En fin, nada mejor que seguir leyendo a Félix y libar entre líneas su afán de reconciliarnos con la aventura de la vida en nuestros continentes.


 * Profesor Emiliano Aguirre. catedrático de Paleontología.

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